Mucha gente me pregunta el por que de hacerme entrenador de baloncesto, el por que quebrarme la cabeza cada temporada, cada semana, cada día, con doce problemas rondándome siempre por la mente... Con el paso del tiempo creo que todavía ni yo mismo he encontrado una respuesta acorde con todo lo que siento y con todo lo que llego a sentir como entrenador.La respuesta mas fiable es que comencé a entrenar por pura casualidad o por cosas del destino. Era mi tercer año como jugador de baloncesto, el equipo Cadete Femenino a mediados de octubre se quedo sin entrenador (cosas del trabajo o por lo menos eso alego al dejarlo), el coordinador del club me invito ha hacerme cargo del equipo (ya que pasaba innumerables horas en el polideportivo y siempre estaba echando una mano en los entrenamientos), un equipo sin mucho futuro y con el único propósito de jugar, divertirse y seguir practicando baloncesto. Yo no tenía ninguna experiencia en entrenar y lo único que conocía era por los entrenamientos que había realizado en mis primeras temporadas como jugador. A pesar de todo me pareció interesante y muy ambicioso, dirigir a un grupo de jugadoras en los entrenamientos y en competición oficial. Mi único propósito divertirme desde el banquillo como me divierto jugando.
Ya os podéis imaginar, un junior de primer año llevando a jugadoras cadetes de primer año, con nula experiencia entrenando, haciendo ejercicios que a mi me habían enseñado en mis entrenamientos, buscando todo tipo de ayudas en libros y en los entrenadores del club, ya que no se disponía de internet como hoy en día que es un gran arma para seguir perfeccionándose, hacer más amenos y dinámicos los entrenamientos.
Fue un año lleno de ilusiones y muchas decepciones. Mis jugadoras eran en su mayoría chicas que querían realizar un deporte y como los Seniors eran los actuales campeones de Barcelona era el deporte de moda en el instituto. Fueron muchas la experiencias de esa temporada. Alguna de mis jugadoras no querían sudar, ya que olían mal. Otra no cogía bien el balón por miedo a romperse una uña. Las más coquetas se pasaban infinidad de minutos en el vestuario antes de salir a la pista pintándose y arreglándose para estar guapas...
En aquella primera temporada el balance fue catastrófico, un solo partido ganado de veinte jugados, pero que partido. Recuerdo que siempre salíamos de los encuentros con una leve sonrisa, de aquellos que han disfrutado jugando a su deporte favorito, a pesar de las palizas algunas de más de 100 puntos. El partido que ganamos pareció ser la final de la Euroliga, las jugadoras, el público y yo mismo saltábamos de alegría en el medio del campo, pero fue un solo partido, en nuestra casa y contra el penúltimo de la liga regular que nos sacaba tres partidos de ventaja. A pesar de ello fue el día más feliz de mi corta carrera como entrenador... mi primera victoria.
A partir de hay fui tomándome lo de ser entrenador mucho más en serio y fui dejando de jugar por entrenar. Pero esas ya son otras historias que ya os iré contando.
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