Comencé como entrenador como una manera más de disfrutar el baloncesto, una prolongación de vivir a demás de practicarlo, desde otro punto de vista, desde la sensación de enseñar, mejorar y divertirme con mis jugadores de todo lo mucho o poco que van aprendiendo con el paso del tiempo.Una charla en un curso de entrenadores me dio que pensar, me enseñó otra forma más de divertirme pero desde una visión más "profesional", se debatía el carácter del entrenador ideal, se definían a los entrenadores como demócratas, láicos o anárquicos. Cada uno tenía cosas buenas y cosas malas. Esa charla cambió mi forma de entrenar, además de las enseñanzas de grandes entrenadores como Julián Orellana, José Manuel Mata o Juan Pablo Márquez, gracias a ellos, y al resto de entrenadores que he conocido en mi etapa como ayudante o incluso hoy en día sigo conociendo, me he ido formando y dándome un carácter propio, pero teniendo muy en cuenta mi condición particular de mi personalidad.
En mis comienzos la democracia reinaba en mis equipos: todo era discutible, todo estaba bien y todo era posible. La diversión y el buen ambiente reinaba dentro y fuera de la pista, sin separar una cosa de la otra. En la mayoría de ocasiones el caos era más que evidente, puesto que nada estaba del todo definido y todo estaba bien. Pero el tiempo me ha ido puliendo y enseñando que siempre debe de haber unas directrices, unas normas y unas reglas que todo el mundo debe de cumplir, para llegar a alcanzar un objetivo común. Por algún tiempo fui anarquico, solamente mi palabra era la verdad, sin querer ver más allá de mis narices, no aceptaba recomendaciones, no aceptaba otras visiones. Esta etapa resultó ser demasiado tajante, tanto para los jugadores como para mi personalidad contraria a ello. El mal ambiente dentro de la pista era más que palpable y fuera de ella casi no se podían ni ver entre los compañeros y entre los entrenadores, era una lucha de todos contra todos.
Poco a poco me fui adaptando a dos personalidades diferentes, una dentro de la pista y otra fuera de ella. Creo que es la que más resultados aporta, tanto al equipo como a los propios jugadores. En la pista todo el mundo, o casi todo, tiene claro lo que quiero de cada uno de ellos y los que deben de aportar al resto, todos sieguen el mismo camino para conseguir un objetivo común. Fuera de las pistas cada persona es diferente, hay amigos y compañeros, pero todos se pueden llevar bien puesto que dentro de las pistas el objetivo les une. Estoy convencido de que es la fórmula más idónea para seguir disfrutando del baloncesto y para seguir progresando con el baloncesto. La única pega es que en ningún momento se puede uno relajar, puesto que las buenas costumbres, a base de trabajo y sacrificio, en un abrir y cerrar de ojos se pueden perder. Un entrenador debe de estar siempre dispuesto a "sacar el látigo" para controlar a "las fieras", pero nunca debemos de perder las formas castigando o dañando a "las fieras", siendo conscientes de que no deja de ser un juego y que debe de ser una diversión poder disfrutar con el baloncesto.
NOS VEMOS EN LAS PISTAS.



